Navegantes y Conquistadores de las Californias- Magallanes.

El descubrimiento del mar del Sur vino a conformar la noción de que más allá de las tierras de América volvían a abrirse los anchurosos caminos del océano.

El descubrimiento del mar del Sur vino a conformar la noción de que más allá de las tierras de América volvían a abrirse los anchurosos caminos del océano.

Desde 1565, el Galeón de Manila conectó Asia con América, transportando especias, sedas y porcelanas entre Filipinas y Acapulco. Durante su viaje, las naves necesitaban un puerto de refugio en la costa del Pacífico norte.

En 1602, Sebastián Vizcaíno lideró una expedición ordenada por el virrey Gaspar de Zúñiga y Azevedo para cartografiar la costa de California. Descubrió y nombró la bahía de San Diego, Santa Bárbara y Monterrey, esta última en honor al virrey.

En 1542, el portugués Juan Rodríguez Cabrillo, bajo bandera española, exploró la costa del actual estado de California en EE.UU. Descubrió la bahía de San Diego y avanzó hasta el cabo Mendocino. Su objetivo era encontrar el Estrecho de Anián, supuesto paso entre el Atlántico y el Pacífico.

Francisco de Ulloa, enviado por Hernán Cortés en 1539, fue el primero en comprobar que California no era una isla sino una península. Su expedición recorrió el Golfo de California y la costa occidental, llegando hasta la Isla de Cedros.

El descubrimiento del Mar del Sur (hoy Océano Pacífico) abrió nuevas posibilidades para la expansión del Imperio Español. Hernán Cortés, tras la conquista de México-Tenochtitlán, buscó establecer un dominio en el Pacífico. En 1527, Álvaro de Saavedra inició expediciones hacia el occidente con el fin de hallar nuevas tierras y rutas comerciales.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho
tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua,
rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero,
salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los
viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres
partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de
velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de
entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una
ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte,
y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la
podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de
complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo
de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada,
que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben;
aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba
Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración
dél no se salga un punto de la verdad.